Mi título

Jorge Asteguieta

SUERTE 1.0


SUERTE  1.0 relato publicado en el libro (II Premio "Ovelles Eléctriques) y en la revista dígital NGC3660
 
 
Esta noche no puedo dormir.
Tengo por costumbre cada día antes de acostarme y junto al rutinario acto de embutirme el pijama, desvestirme de todos mis problemas, obsesiones… y,, sobre todo, de mis inmemoriales complejos. ¡Sí! ¡Lo confieso! Lo común es que duerma a pierna suelta y de un tirón tooda la noche.
Mas cuando las tinieblas de la alevosa nocturnidad ya descansan y han dejado paso a una nueva jornada, es el momento en que regresan otra vez todos esos fantasmas al abordaje de mi aseada conciencia, corrompiéndola crónicamente día tras día en un bucle psicótico.
Pero como digo, esta noche no. ¡No puedo dormir! Y mira que he rodado y volteado en busca del sueño perdido, pero es que no logro encontrarlo por ningún sitio. Así que, resignado, he decidido releer ese diario virtual que todos almacenamos en mente, a ver si así entretenido, es Morfeo el que da al final conmigo.
 
Me llamo José María y, aunque en principio pueda parecer un nombre corriente, lo cierto es que a mí me gusta. Porque por lo demás… Resumo: soy, gracias a la genética, gordo y con gafas desde que poseo recuerdo. Y calvo… calvo y enano desde muy poquito después. «Poco agraciado», acaba eufemizando el puñado que al parecer me estima.
 
Así que cualquiera puede imaginarse cómo transcurrió mi tortuosa infancia: por un lado entre las burlas e insultos de mis queridos compañeros de escuela y por otro, bajo el sobreprotector cuidado de mis progenitores, provocado casi seguro porque ellos sufrieron la misma suerte de forma parecida. ¡Maldita selectividad genética!
 
Luego llegó la etapa de la pubertad, que fue todavía peor. Pasé de la condena parental en jaula de oro, a un obligatorio tercer grado que acabó por revelarme lo asquerosa que es la vida para un tipo como yo.
Los únicos amigos que tuve en aquella época eran todavía más frikis que servidor. Sobrevivíamos repudiados por la mayoría como si portáramos alguna enfermedad terminal, por supuesto fácilmente contagiosa.
Y de chicas qué voy a contar. La vergüenza que me producía mi antiestética imagen, era ínfima en comparación a la que me producía el acercarme a menos de tres metros de ellas. Y de conversar con alguna… resumo sin desarrollo de detalles: cero absoluto.
Por el contrario, los estudios se me dieron magnífico. Es lógico, si no seguro que hubiera acabado por ostentar el record guinness de “persona peor dotada de la historia”. Así que acabé con dos maratones: una licenciatura en economía, y otra en ingeniería matemática con Doctorado; más diversos másteres en probabilidad y análisis estadísticos, aparte de un porrón de cursos  y cursillos de informática y programación.
 
Y por fin llegué al adulterio. Perdón me he confundido, quise decir que me convertí en un adulto; deshecho y torcido, pero adulto. Y claro, con mi sobradísima formación académica, no tuve ningún problema en encontrar una maravillosa y adecuadamente remunerada ocupación. ¡Ja!
 Me hubiera gustado trabajar en una gran empresa, en algo como investigación y desarrollo, con mi despachito y sin mucha gente alrededor. Porque, sin llegar a ser ni mucho menos un misántropo, la verdad es que padezco de fobia al gentío. Pero nunca superé ninguna entrevista personal. ¿Por qué sería?
Me olvidé de la gran empresa para probar suerte en las finanzas y la banca, pero tampoco. «No daba el perfil», me repetían una vez tras otra, ¿Qué perfil ni qué ocho cuartos? En fin…
 
Así que, sin más alternativa, terminé donde no quería regresar. De nuevo en el instituto. De docente con nula vocación, profe de mates. ¡Qué ilusión!
Era un instituto diocesano de formación profesional en donde mis compañeros me impusieron la orla de invisibilidad al poco tiempo de llegar. Exceptuando a Jokin, que es, lo reconozco, más raro y —aunque pueda parecer increíble—, aún más feo que yo; “el quasimodo”, lo había bautizado el ocurrente alumnado. La verdad es que es una buenísima persona, empachado además de calma y paz aunque su aspecto físico se empeñe en querer simular lo contrario. Y… ¡kontxo!, pues va a ser que lo echo de menos al puñetero, mañana mismo le telefoneo a ver qué anda alborotando. Es el único y verdadero amigo que he tenido… y el único conocedor de mi secreto.
A mí, claro está, también me buscaron con rapidez apodo, Don José María: “el barrilete”. Pero no me lo tomé a mal.  Lo cierto es que me esperaba algo más punzante, más ingenioso, algo como… bueno, mejor no pondré ejemplos.
 
La práctica totalidad de mi tiempo libre, que ya se conoce lo generoso que es con la docencia, lo pasaba frente al ordenador. Dividido por un lado entre foros en donde vagamente lograba enmascarar mi patética singladura vital y por el otro, dedicado a mi gran pasión: la probabilidad matemática, para la cual había desarrollado un abanico de programas que me ayudaban a avanzar en mis investigaciones y desarrollos al respecto.
Y ahora me resulta curioso, porque fue en otra anómala noche como ésta, en la cual tampoco lograba conciliarme con mi sueño, cuando sucedió… cuando la descubrí.
Fusioné casi sin darme cuenta los estudios que estaban ejecutando dos de mis programas. Uno que sistematizaba con teoremas en índices de habilidad, y otro que intentaba hallar una ecuación aproximada sobre la incidencia del factor suerte. Y se reveló. Había encontrado casi por azar una fórmula que se prometía exacta. Pero tenía qué ser imposible, no podía creérmelo… ¡Había resuelto la suerte!
Realicé varios ensayos y entre todos vencieron mi incredulidad. Todos ofrecían el mismo resultado positivo. La suerte estaba descodificada.
Pero empecinado y aún sin tenerlas todas conmigo obré la gran prueba de fuego. Comencé descargando de la red una base de datos histórica de todas las combinaciones ganadoras del sorteo de los jueves de la lotería primitiva. Cargué los datos al nuevo programa que más tarde bautizaría como Baraka, le solicité la próxima seriación y éste, al poco, me entregó los seis números que hipotéticamente iban a surgir del siguiente sorteo.
Esa noche la pasé al final en vela, y por unas horas emulé a una especie de “Dr. Jekyll” y “Mr. Hyde”. La parte J no se cansaba de explicarme la absurdez e imposibilidad del hallazgo. Mientras, la H fantaseaba con la cantidad de sueños que iba a poder cumplir con semejante aplicación entre mis manos.
 
Todavía no había abierto el estanquero cuando ya estaba yo apostado igual que un guardia jurado a la puerta de su negocio. Un euro, un mísero euro, y mi “suerte”, al menos en lo económico, quedaría resuelta. Que sí, que no, que sí, que no… así transcurrieron las horas de caracol cojo hasta el momento del sorteo… de mi sorteo.
Conectado con la página oficial de “loterías y apuestas del estado” pude comprobar en tiempo real que funcionó, “acerté”. Casi tres millones de euros para un único acertante, ¡yo mismo!
 
La jornada siguiente ya no acudí al instituto. Gestioné una excedencia de cinco años y, ahora que se encuentra a punto de expirar, sé que voy a transformarla en perpetua.
A nadie durante este último lustro le he insinuado lo que descubrí en esa noche de insomnio. Bueno, únicamente a Jokin al cual, desde que se lo confesé, nunca le ha tentado la formula mágica. «Yo soy de letras, las ciencias no me interesan lo más mínimo», zanjó. Y jamás hemos vuelto a retomar el asunto. Es un tío especial, le admiro y, casi… casi le envidio.
A los tres días todo el vecindario andaba buscando al afortunado. El estanquero, aunque creo que no dudó en encajarme como sospechoso número uno, exhibió un mutismo digno de elogio, motivo por el cual, semanas más tarde, le recompensé de forma “anónima”.
Me sentí tan cercado que huí a lo loco. Acabé contratando en una agencia de viajes un “quince días” en el hotel que más lujoso se anunciaba. Destino: Republica Dominicana. Mi primera intención era la de relajarme para reflexionar y poder estudiar qué rumbo quería darle a mi nuevo futuro. Pero no he regresado desde entonces, ni creo que lo haga.
 
Dos días de hotel bastaron para darme cuenta de que lo de la tumbona y la piscina no eran lo mío. Además, descubrí que tengo alergia a la playa… me aburría como un millón de ostras.
Observaba perplejo a las parejas de recién casados, y no paraba de preguntarme qué podían encontrar de divertido en un acto tan… tan estático. Pero por “suerte” descubrí a Doña Langosta y a sus queridos primos los Cocktails. Hice mío un taburete del bar con vistas piscinísticas y, después de siete  unas cuantas piñas coladas, mi crónica timidez se echó una siestecita. Fue entonces cuando entablé amistad con la autóctona y preciosa camarera.
Se llamaba Nelda y, tan sólo un día después de haberla conocido, el amor me golpeó traidor. Me cogió tan desprevenido, tan primerizo, que casi me dejó ko nada más comenzar el asalto.
Era preciosa, pero lo que me perdió de verdad fue el ver cómo me miraba. Encontré tal sinceridad y adoración en sus ojos de esmeralda mientras le narraba de la forma más humorística que pude mi azarosa vida, que hablamos hasta que finalizó su turno sin darnos cuenta.
 
Ya en mi habitación un rato después me tomé un último cocktail, éste mucho más amargo: combinaba resaca y avergonzado enamoramiento.
Esa misma noche, convencido de que al día siguiente no me atrevería a acercarme de nuevo a la piscinita —original el nombre del bar, ¿verdad?—, se me ocurrió una idea loca, utilizar mi método para enamorar a Nelda. Ala, así de sencillo. ¿No dicen algunos desgraciados «es que no tengo suerte en el amor»? Pues eso.
Pero el problema radicaba en que el amor no tiene números. ¿Cómo iba a encontrar una solución, una respuesta? Durante horas varios ingenios rondaron mi cabeza en busca de su proyección en fórmula, y cuando mi cerebro debía estar al punto de cocción me di por vencido. Ninguna respuesta era segura, absoluta.
¡Otra noche qué no podía dormir! Me levanté aturdido, encendí el portátil, y con desgana le copié al programa una foto que le había hecho a Nelda esa misma tarde. Seguidamente otra mía. Y le planteé el problema a baraka: el aprieto en cuestión establecía que teniendo dos imágenes por separado había que emparejarlas en un mismo conjunto para que permaneciesen inseparables durante un periodo temporal de un siglo. Algo así:
 
[A=Imagen 1. B= imagen 2.  C=(Tiempo=100 años).] =→[(imagenA&imagenB)xC.]
 
“Proceso completado”, escribió al poco. Estúpido, ¿verdad? Es la sinrazón del enamorado, pero… ¿y si llegara a funcionar?
 
Con un nuevo sol manchando el acicalado cielo, y después de tres piñas coladas en el chiringuito del hall, me encaminé poco convencido hacia la “piscinita”.
Nelda, nada más verme me obsequió con una sonrisa tan grande y hermosa que me fundió el corazón. Pero cocktailmente animado comenzamos a hablar. Hasta que al final, y sin apenas advertirlo, le estaba proponiendo dar un paseo por la playa a la luz de la luna en cuanto acabara de trabajar. Aceptó.
 
Envalentonado y, medio y tres cuartos seguro de los poderes de baraka, dos días después de aquel paseo, y de unas cuantísimas piñas coladas, le pedí matrimonio a Nelda. Fue mientras le juraba medio en broma que no era alcohólico cuando aceptó.
 
Al mes de llegar a la República Dominicana ya estaba requetefelízmente casado. Compramos un precioso chalet en Playa Bávaro, y ya han pasado casi cinco años desde entonces. Sin embargo, a estas alturas todavía mantengo la eterna duda, ¿sería el programa?
 
A excepción de Jokin, nunca me he atrevido a hablar con nadie acerca de baraka. Tengo pavor por las implicaciones legales que pudieran derivar de mis aciertos en sorteos varios, además del grandísimo cargo de conciencia que me corroe por no mostrarle al mundo mi descubrimiento. ¿Por qué si de verdad influyó en Nelda? ¿Qué podría hacer por mejorar este mundo? Creo que voy a borrar el programa… Ojalá pudiera hacer lo mismo con mi memoria.
 
 —Papaaa, papaaa tengo sed.
 —Chissst, que despiertas a mamá, ahora mismo te llevo un vaso de agua.
 
¡Ah sí! También tengo dos hijos preciosos. El niño se llama como yo, José María, de cuatro años, ¡cómo me gusta este nombre! La niña Marina, de tres, ¡preciosa!
Y sí, los dos han crecido tan guapos y fuertes como su madre. Me alegro tanto por ellos, han tenido… suerte.

















 
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